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La Historia de Waris Dirie

 

LA HUIDA

Mi familia era una tribu de pastores del desierto de Somalia. De pequeña disfrutaba intensamente de la libertad de observar la naturaleza: sus imágenes, sonidos y olores. Veíamos a los leones dormitando al sol. Corríamos junto a las jirafas, las cebras y las zorras. Perseguíamos a los damanes - animal parecido a la marmota - sobre la arena. Yo era muy feliz.

Sin embargo, poco a poco, la felicidad se esfumó, la vida se hizo más difícil. A los cinco años ya sabia lo que es ser mujer en Africa: soportar sufrimientos terribles en silencio y sin poder hacer nada.

Las mujeres son la columna vertebral en Africa. Realizan la mayor parte del trabajo y, a pesar de esto, carecen de poder tomar decisiones. No tienen voto ni voz, a veces ni siquiera para decir con quien quisieran casarse.

Tenia unos 13 años cuando me harte de esas tradiciones. Ya no era una niña, sino una jovencita de piernas ágiles y llena de alegría. Antes no me había quedado mas remedio que sufrir, pero al volverme adolescente decidí huir de casa.

Mi calvario empezó cuando mi padre me dijo que ya había elegido esposo para mí. Consiente de que debía actuar deprisa, le revele a mi madre mi plan de escapar. Pensaba en ir a buscar a una tía que vivía en Mogadiscio, la capital, ciudad en la que nunca había estado.

Mientras mi padre y el resto de la familia dormían, mi madre me despertó y me dijo: - Vete ya.

Mire a mi alrededor, pero no había nada que llevar; ni agua ni comida. Así que descalza, y con solo una túnica para cubrirme, eche a correr por el oscuro desierto.

No sabia en que dirección estaba Mogadiscio; solo corrí sin pensar. Despacio al principio, porque casi no veía nada, pero cuando amaneció salí disparada como una gacela. Corrí sin parar durante horas.

A medio día ya estaba bien internada en el desierto. La desolación se extendía hasta el infinito. Presa del hambre, la sed, y la fatiga, aminore la marcha y empece a caminar.

Mientras analizaba hacia donde me estaba dirigiendo, oí a alguien llamarme por mi nombre. ¡Era mi padre! El corazón me dio un vuelco, pues sabia que si me alcanzaba me obligaría a casarme.

Pese a que le llevaba mucha ventaja, había conseguido seguirme de cerca por las huellas que iba yo dejando en la arena; venia pisándome los talones. Nuevamente heché a correr. Mire hacia atrás y lo vi aparecer en lo alto de una loma. El también me vio. Aterrada, apreté el paso. Era como ir deslizándose sobre olas de arena: yo remontaba una duna y él descendía por la anterior. Seguimos así durante varias horas, hasta que me percaté, que hacia rato que no lo veía ni oía su voz.

No pare de correr hasta que el sol se puso y la oscuridad me impidió ver. Para entonces estaba muerta de hambre y los pies me sangraban. Me senté a descansar al pie de un árbol y me quede dormida.

Horas después, el intenso sol de la mañana me hizo abrir los ojos. Me puse en pie y heché a correr de nuevo.

Así seguí durante varios días que fueron de hambre, sed, miedo y dolor. Cuando la oscuridad era tan profunda que ya no podía ver por donde iba, me detenía. A medio día me sentaba a la sombra de un árbol y dormía para reponer fuerzas.

En uno de esos ratos que estaba yo entregada al sueño me despertó un ruido extraño. Al abrirlos ojos, me ví cara a cara con un león. Trate de levantarme pero hacia días que no tomaba bocado y las piernas se me doblaban. Apoye el cuerpo contra el árbol que me había protegido del despiadado sol de Africa. Mi largo viaje a través del desierto había llegado a su fin. Estaba serena, dispuesta a morir.

-Ven y acaba conmigo de una vez -, le dije al animal. Estoy lista.

El león me miró fijamente y yo lo miré también. Entonces se relamió las fauces y comenzó a pasearse frente a mí con movimientos elegantes y pausados. Podía atacarme en cualquier momento. Finalmente, se dio media vuelta y se alejó, disuadido quizá el ver la poca carne que tenia yo pegada a los huesos.

Cuando vi que la fiera no iba a matarme, supe que Dios me tenia reservado otro destino, una razón para mantenerme con vida. "¿Qué quieres de mí?", Pregunté al cielo mientras me ponía de pie con dificultad. "Guíame por favor".

 

HIJA DEL DESIERTO.

Antes de huir de casa, mi vida había girado en torno a la naturaleza y a la familia. Como la mayoría de los somalíes, éramos pastores y teníamos reses, ovejas y cabras. Los camellos nos proporcionaban el sustento diario, pues las hembras daban leche para alimentarnos y apagar la sed, lo que representaba una bendición cuando nos encontrábamos lejos de las fuentes de agua. Ese era nuestro desayuno y también nuestra cena.

Nos levantábamos al salir el sol. Nuestra primera faena, era ir a los corrales a ordenar. Adondequiera que íbamos, cortábamos ramas para hacer rediles y evitar que los animales se extraviaran en la noche.

Criábamos animales sobre todo por la leche y para trocarlos por otros bienes. De niña, tenia que llevar rebaños de entre 60 y 70 ovejas y cabras a pastar en el desierto. Cogía una vara larga y echaba a andar con mis animales, canturreando una tonadita para que me siguieran.

En Somalia los escasos pastizales no son de nadie y hay que caminar mucho para dar con ellos. Mientras los animales pacían, yo vigilaba que no se acercaran depredadores. Las hienas se mantenían al acecho para abalanzarse sobre un cordero o cabrito que se hubiese separado del rebaño. Los leones también eran motivo de preocupación. Estas fieras cazaban en grupo, en tanto que yo estaba sola.

Al igual que mis parientes, no se cuantos años tengo; solo puedo hacer conjeturas respecto a mi edad. Nuestra vida estaba regida por el ritmo de las estaciones y los movimientos del sol; la necesidad de lluvia determinaba nuestros desplazamientos, y las actividades cotidianas dependían de la duración del día.

Nuestro hogar era una choza de forma abovedaba, de casi dos metros de diámetro, hecha de ramas y hierbas entretejidas. Cuando era hora de partir, la desmantelábamos y transportábamos a lomos de camello. Luego, cuando encontrábamos un sitio donde había agua y vegetación, volvíamos a levantarla.

La choza nos proporcionaba sombra para protegernos del sol abrazador y espacio para almacenar la leche fresca. Por la noche, los niños dormíamos a la intemperie, bajo las estrellas, apretujados bajo una estera.

Mi padre dormía junto a nosotros, siempre vigilante. Era un hombre muy bien parecido, de cerca de 1.80 metros de estatura, delgado y de piel más clara que mi madre.

Mama era muy bella. Tenia el rostro de una escultura de Modigliani y la piel oscura y tersa, como tallada en mármol negro. Era seria y tranquila, pero cuando hablaba decía cosas que nos hacían reír a carcajadas. Se crió en Mogadiscio, en el seno de una familia acomodada y poderosa. Mi padre, por su parte, siempre había sido nómada del desierto. Cuando pidió la mano de mi madre, mi abuela se negó rotundamente; sin embargo, mama huyo de casa cuando tenia unos 16 años y se casó con él.

Mi madre me llamaba de cariño Avdohol, que quiere decir "boquita", pero de nombre me puso Waris que significa "flor del desierto". En mi país a veces deja de llover por varios meses. Pocos seres sobreviven, pero luego llueve a cantaros y aparecen unos botones de color amarillo: las flores del desierto, un milagro de la naturaleza.

 

RITO CRUEL.

En una cultura nómada como la mía no hay sitio para una mujer soltera, así que las madres se sienten obligadas a ofrecerles a las hijas las mejores oportunidades para conseguir marido. Y como en Somalia se tiene la creencia de que los genitales femeninos son malignos, la mujer se considera impura, lasciva e incasable hasta que se le mutilan esas partes: el clítoris, los labios menores y la mayor parte de los labios mayores. Al final la herida se sutura y solo queda la cicatriz y un orificio.

Pagarle a una gitana para que ejecute esta practica, llamada infibulación, es uno de los mayores gastos de una familia, pero se considera una buena inversión. Si no pasan por este rito, las hijas no se vuelven apetecibles como futuras esposas.

A las niñas no se les explican los detalles de la infibulación; son un misterio. Una solo sabe que algo especial le va a ocurrir al llegar a cierta edad. Así pues, todas las niñas somalíes esperan con ansia el día en que se convertirán en mujeres. Por tradición el rito se celebraba cuando la chica alcanzaba la pubertad, pero con el tiempo cada vez se ha venido practicando cada vez a menor edad.

Cierta noche, cuando yo tenia unos cinco años, mamá me dijo: - Tu padre fue a ver a la gitana. Un día de estos va a venir.

La víspera de ser infibulada mi familia se mostró muy cariñosa conmigo, y a la hora de cenar me tocó más comida. Mamá me dijo que no bebiera mucha agua ni leche. Me fui a acostar y no pude dormir bien a causa de la emoción. Más tarde mi padre apareció y me indicó a señas que me levantara. Aún no había amanecido. Cogí mi manta y heché a andar, tambaleándome de sueño.

Caminamos entre los matorrales. - Esperemos aquí - me dijo mamá, y nos sentamos en el frío suelo. Estaba clareando cuando oímos los pasos fuertes de la gitana. Instantes después apareció junto a mí.

- Siéntate allí - ordenó, señalándome una piedra plana. No habló más; fue directamente a lo suyo. Mamá me tendió sobre la piedra, se sentó detrás de mí y apretó mí cabeza contra su pecho, rodeándome con las piernas. Me abrace a sus muslos y ella me puso un trozo de raíz entre los dientes. - Muerde con fuerza - me dijo. Yo estaba paralizada de miedo. - ¡Me va a doler! - musité, apretando los dientes. - Trata de aguantar cariño - susurró para tranquilizarme. Sé valiente por mí y acabará pronto. Al mirar entre mis piernas vi a la gitana. Ella me hechó una mirada severa y fría y luego se puso a hurgar en un morral raído. Metió sus dedos huesudos y sacó una navaja de afeitar mellada. Tenía sangre seca en el filo. La vieja escupió en la navaja y la limpió con su vestido. En tanto hacía esto, mamá me vendó los ojos y ya no vi más.

En eso sentí que me cortaban las carnes. Oí el vaivén de la navaja sobre mi piel. El dolor era indescriptible. Traté de no moverme, pues pense que entre más lo hiciera, más duraría el tormento. Por desgracia, las piernas me empezaron a temblar, a sacudirse sin control. ¡Por favor Dios que acabe ya!, Imploré antes de desmayarme.

Cuando recobre el sentido ya no tenía la venda y vi que junto a la gitana había un montón de espinas de acacia. Con ellas me hizo varias perforaciones en la piel. Y luego tomó una hebra de hilo blanco para suturarme la herida. Ya no sentía las piernas. Pero el dolor en la zona genital era tan intenso, que desee estar muerta.

No recuerdo nada más, salvo que, cuando volví a abrir los ojos la gitana se había marchado. Con tiras de tela me había atado las piernas desde los tobillos hasta las caderas para que no me moviera. Entonces mire la piedra: estaba bañada de sangre, como si sobre ella hubieran sacrificado a un animal. Encima había trozos de mi carne secándose al sol.

Este me caía a plomo en la cara. Así que mi madre y mi hermana mayor, Amán, me llevaron arrastrando hasta la sobra de un arbusto y me dejaron allí mientras terminaban de hacerme un refugio. Esa era la tradición: erigieron un cobertizo debajo de un árbol donde permanecería sola durante varias semanas hasta que me restableciera.

Al cabo de unas horas no podía aguantar las ganas de orinar. Entonces llamé a Amán, que me empujó para colocarme de costado y luego hizo un agujero en la arena.

- Adelante - dijo. La primera gota hizo que me ardiera la carne como si me hubieran puesto ácido. Al coserme la gitana me había dejado un orificio del diámetro de un fósforo por el cual orinar y, mas tarde, para dejar salir el flujo menstrual. Pasaron los días y yo seguía en el cobertizo. Entonces contraje una infección y me dio fiebre. Perdía el conocimiento a ratos. Mi madre me trajo agua y comida para las dos semanas siguientes.

Acostada allí, sola y con las piernas aún amarradas, no podía evitar preguntarme: ¿por qué? ¿para que me hicieron esto? A esa edad no sabía nada acerca del sexo. Sólo sabía que me habían mutilado con autorización de mi madre.

Sufrí mucho al ser sometida a ese rito brutal, pero tuve suerte. Muchas niñas mueren desangrándose, o causa del trauma, las infecciones o el tétanos. Dadas las condiciones en que se realiza la mutilación, asombra que haya sobrevivientes.

 

EN REBELION.

Una noche, cuando tenía yo unos 13 años, mi padre llegó a casa y me llamó con tono amable. Por lo general era muy severo, así que lo miré recelosa. Me sentó en su regazo y dijo: - ¿sabes?, te has portado muy bien. - Estas palabras me confirmaron que algo grave se avecinaba. Has cuidado bien a los animales y trabajado duro como cualquier hombre. Quiero que sepas que te voy a hechar mucho de menos. Al oír esto, pensé que temía que huyera de casa como lo había hecho Amán, cuando trató de casarla. Entonces lo abracé y le dije: - ¿Por qué dices eso, papá, si no voy a ir a ninguna parte?. Me miró fijamente a los ojos y con voy firme dijo: - Si vas a irte, cariño. Te he encontrado marido. - ¡No, papa no! - protesté -. ¡No me quiero casar!

Me había vuelto una muchacha rebelde, respondona y que no se dejaba intimidar. Mi padre tenía que encontrarme marido antes de que me saliera del redil, pues no hay varón africano dispuesto a aceptar por esposa a una mujer reacia. Me sentía indignada y asustada. Al otro día, estaba ordeñando las cabras cuando papa me llamó: - Ven, hija, te voy a presentar al señor... No oí más. Mis ojos se clavaron en un hombre que estaba aferrando un bastón. Tenía al menos 60 años y una larga barba blanca. - Waris, saluda al señor Galool. - Mucho gusto - dije en el tono más frío que pude. El viejo solo me sonrió y se quedo sentado, apoyado en su bastón. Le dirigí una mirada de horror. Luego mire a mi padre, y cuando miro mi cara se dio cuenta de que era mejor echarme de allí antes de que ahuyentara a mí "pretendiente". - Ve a hacer tus tareas - me dijo, y corrí a cuidar las cabras. La mañana siguiente, temprano, mi padre volvió a llamarme. - Ese señor es tu futuro marido.

- Pero, papá, ¡es un viejo!

- Esos son los mejores. Así no te engañará con otra ni te abandonará. Va a cuidar de ti, y además - añadió, sonriendo muy ufano -, me va a dar cinco camellos.

Mientras cuidaba las cabras, supe que era la ultima vez que me ocuparía de los rebaños de mi padre. Me imaginé viviendo con el viejo en algún sitio remoto y aislado. Tendría que hacer todo el trabajo, en tanto que el se pasearía por la casa, cojeando y aferrado al bastón. Luego, cuando muriera de un infarto, tendría que vivir sola, o criar sin ayuda cuatro o cinco niños. Aquella no era la vida que yo quería.

Esa noche, una vez que todos se habían ido a dormir, fui con mi madre, que seguía sentada junto al fuego, y le rebelé mi decisión: - Me voy a ir de la casa. - Chss... baja la voz - repuso -. ¿a dónde piensas ir? - A Mogadiscio. Allí vivía Amán, mi hermana. - Ve a acostarte. La expresión severa de mi madre me hizo pensar que no quería hablar más del asunto, pero al rato se arrodilló junto a mí y me dio unas palmaditas en el brazo. - Vete ya... antes de que tu padre despierte - me dijo al oído. Mi huida por el desierto estaba por comenzar. Sentí que mi madre me abrazaba. Me esforcé por ver su rostro en la penumbra para grabármelo en la memoria. Me había propuesto ser fuerte, pero no pude contener las lágrimas y yo también la abracé con fuerza. - Todo va a salir bien - agregó. Solo ten mucho cuidado. ¡No hagas tonterías! Y, Waris, hazme un favor: no te olvides de mí. - No lo haré, mamá. Entonces me solté de sus brazos y corrí al oscuro desierto.

 

MOGADISCIO.

Situada a orillas del océano Índico, la ciudad de Mogadiscio era bella en aquel tiempo. Al pasearme por sus calles, iba alargando el cuello para contemplar los elegantes edificios blancos rodeados de palmeras y flores de vivos colores. Muchas de esas construcciones fueron erigidas por inmigrantes italianos cuando la ciudad era capital de la Somalia colonial, lo que le daba un aire mediterráneo.

Llegue ahí varias semanas después de haber huido. En el camino me aloje en casas de familiares que me dieron noticias de Amán y dinero para completar el viaje. Una vez en Mogadiscio, pedí ayuda para localizar el barrio donde vivía mi hermana y, en un mercado, les pregunté a las mujeres si la conocían. - ¡Con razón me pareció haber visto antes tu cara! - exclamó una, la cual le pidió a su hijo que me condujera a casa de Aman.

Caminamos por cales silenciosas hasta llegar a una pequeña vivienda. Dentro encontré a mi hermana, que estaba dormida, y la desperté. - ¿Qué haces aquí? - dijo, pestañeando y mirándome como si fuera una aparición. Le conté lo que había pasado. Por fin tenia con quien hablar y que me comprendiera. Ella se había casado con un hombre bueno y trabajador. Estaban esperando a su primer hijo. Su casa tenia solo dos cuartos, así que, aunque accedió a que me quedara con ellos el tiempo que hiciera falta, lo hizo a regañadientes. Yo limpiaba la casa, lavaba la ropa e iba al mercado a hacer las compras. Y cuando Aman dio a luz a una hermosa bebita, le ayudaba a cuidarla. Con todo, era evidente que no congeniábamos. Ella era autoritaria y me seguía tratando como la niña que era yo cuando se fue de la casa, hacia unos 5 años. Teníamos otros parientes en Mogadiscio, así que me presente en casa de mi tía Sahru, hermana de mi madre, y le pregunté si podía quedarme con ella por un tiempo. - Aquí eres bienvenida - me dijo. Si quieres, te puedes quedar. Las cosas marcharon mejor de lo que esperaba. Una vez mas, empece a ayudar con los quehaceres. Haber dejado a mi madre sin alguien que le ayudara en casa me tenia preocupada, así que pense que, si le enviaba dinero, podía facilitarle un poco las cosas. Entonces sal a buscar empleo. Fui a hablar con el capataz de una obra en construcción y lo convencí de que podía transportar arena y preparar argamasa tan bien como cualquier hombre. La mañana siguiente comencé a trabajar como albañila. Fue horrible. Todo el día tenia que subir y bajar con pesadas cargas de arena, y las manos se me llenaron de ampollas. Todos pensaban que no aguantaría la brega, pero pasé allí un mes y logre ahorrar 60 dólares. Se los envíe a mamá por conducto de un conocido, pero nunca los recibió. Un día, mientras hacia la limpieza en casa de mi tía, llegó Mohamend Chama Fara, esposo de otra hermana de mi madre llamada Maruim, al cual lo habían nombrado embajador de Somalia en Londres e iba a trabajar cuatro años allí. Mientras quitaba el polvo que había en la habitación contigua lo oí decir, que necesitaba encontrar una sirvienta antes de partir a Londres. ¡Era mi oportunidad! Llame aparte a mi tía Sahru y con voz suplicante le dije: - Por favor, pregúntale si podría llevarme a mí. Ella regresó al otro cuarto se sentó junto a su cuñado y le dijo: - ¿Por qué no te llevas a Waris? Hace muy bien la limpieza. Luego me llamó y yo entré de un salto. Me quedé plantada con el plumero en ristre, mascando un chicle. Él frunció el entrecejo. - Dile que soy la mejor - le pedí a mi tía. - Waris cállate - entonces se volvió hacia mi tío y le dijo: Es joven. Va a estar bien allá. El se quedo inmóvil unos instantes mirándome con desdén. - Esta bien, contestó por fin -. Vendré por ti mañana en la tarde. Iremos a Londres.

¡Londres!, no sabia donde estaba eso, pero si que era un sitio muy lejano, y lejos quería estar. No cabía en mí de emoción. Al día siguiente, el tío Mohamed, pasó a recogerme y me dio un pasaporte. Lo miré maravillada: era el primer documento con mi nombre que veía. Abracé a mi tía Sahru y me despedí de su familia.

 

SIRVIENTA EN LONDRES.

Mientras el coche salía del aeropuerto y se internaba en él trafico matutino de Londres, me invadió un repentino sentimiento de soledad y tristeza. Me hallaba en un lugar totalmente extraño, rodeada de rostros pálidos y demacrados. La nieve iba cubriendo de blanco las aceras mientras recorríamos un elegante barrio residencial. Cuando el auto se detuvo frente a la casa de mi tío, me quede boquiabierta: era una mansión de cuatro plantas. Caminamos hasta la puerta principal y entramos. Mi tía Maruim me recibió en el vestíbulo. - Entra - me dijo con frialdad. Cierra la puerta -. Yo había pensado correr a abrazarla, pero al verla allí de pie, con sus finas ropas occidentales y las manos entrelazadas, no pude moverme -. Primero me gustaría enseñarte la casa - continuo - y explicarte tus deberes.

- ¡Ay tía! - repuse quedamente, sintiendo que se me iban las ultimas fuerzas luego del largo viaje -. Estoy muy cansada. Quisiera dormir un poco. ¿puedo?

Mi tía me condujo a su dormitorio. La cama era tan grande como la choza donde vivía con mis padres en Somalia. Me metí entre las sabanas. Nunca había sentido algo tan suave y celestial en mi vida, y me quede dormida como si fuera cayendo en un pozo sin fondo. Al día siguiente mi tía me encontró paseándome por la casa. - Que bueno que estés levantada - me dijo a manera de saludo - Vamos a la cocina para que te muestre lo que tienes que hacer. La seguí, aun deslumbrada por lo que veía. La cocina tenia paredes de azulejo y muebles color crema. En medio había una estufa de seis quemadores. Mi tía iba abriendo y cerrando gavetas mientras decía: - Aquí están los recipientes, los cubiertos, los manteles... Yo no entendía ni pizca. - Todas las mañanas a las seis y media le servirás a tu tío el desayuno: te caliente y dos huevos duros. Yo tomo el café en mi cuarto a las 7. Luego les harás hotcakes a los niños; desayunan a las 8 en punto. Después del desayuno... - Tía - la interrumpí -, ¿quién me va a enseñar esas cosas? ¿qué son hotcakes?. Me miró con una expresión de pánico. Luego tomó aliento, exhalo y lentamente dijo: - Yo lo haré esta vez, Waris. Pon mucha atención y aprende. Asentí con la cabeza. Al cabo de una semana ya dominaba mis tareas, que repetí todos los días durante cuatro años. Yo, que nunca había tenido conciencia del tiempo, tuve que aprender a regirme por el reloj. Después del desayuno, limpiaba la cocina, el cuarto de mi tía y su baño. Luego recorria el resto de las habitaciones, una por una, y quitaba el polvo, trapeaba, fregaba y pulia. Trabajaba sin parar hasta que caía rendida en la cama, a eso de la media noche. Jamas tuve un día libre. En Africa es común que las familias ricas del alojamiento y comida a los hijos de sus parientes pobres a cambio de trabajo domestico. A veces también los mandan a la escuela y los tratan como seres queridos; a veces no. Era claro que mis tíos estaban ocupados en asuntos más importantes que yo. En el verano de 1983 cuando tenia yo, unos 16 años, murió la hermana de mi tío, y su pequeña hija Sophie, vino a vivir con nosotros. El la inscribió en una escuela primaria, y me encomendaron la tarea de llevarla allí todos los días. Una de las primeras mañanas, mientras iba con la niña por la calle, noté que un hombre me miraba fijamente. Era blanco, de unos 40 años, y tenia el pelo recogido en una cola de caballo. Acababa de dejar a su hija en la escuela. No disimuló que me estaba observando. Una vez que deje a Sophie, el desconocido se me acercó y empezó a hablar. Como yo no sabia ingles, no entendí ni una palabra. Asustada, regrese corriendo a la casa.

A partir de ese día, cada vez que lo veía en la escuela, el hombre se limitaba a sonreírme. Un día volvió a acercarse y me dio una tarjeta. Me la eche al bolsillo y el se alejó. Al llegar a casa, le mostré la tarjeta a una de las hijas de mi tía, la cual estaba leyendo. - ¿Qué dice? - le pregunté. - Dice que es fotógrafo. Me di cuenta de que mi prima quería continuar su lectura, así que guarde la tarjeta en mi cuarto. Una voz interior me había dicho que no me deshiciera de ella. Cuando su trabajo como embajador estaba por concluir, mí tío anunció que regresaríamos a Somalia. La idea no me entusiasmo lo más mínimo. Quería volver a casa con carrera y fortuna. Mas, casi no había ahorrado nada con mi salario de sirvienta. Soñaba con ganar dinero para comprarle una casa a mi madre, y para lograrlo tenía que quedarme en Inglaterra. No sabía como iba a salir adelante sola, pero tenía fe. Mi tío nos comunicó la fecha de la partida y nos pidió que tuviéramos listos los pasaportes. Yo metí el mío en una bolsa de plástico, lo enterré en el jardín y dije que no lo encontraba. Mi plan era simple: sin pasaporte, no podrían llevarme. Mí tío sospecho que traía algo entre manos, pero no comentó nada cuando le dije: - Deja que me queda aquí, me las arreglaré como pueda. Hasta el día de la partida no creí que en verdad fueran a irse sin mí, pero sí lo hicieron. Me quedé en la acera despidiéndome con la mano y viendo el auto perderse en la lejanía. Estaba asustada y tuve que luchar para no sucumbir al pánico. Desenterré mi pasaporte, me eche la mochila al hombro y empecé a caminar por la calle muy contenta.

 

CAMBIO DE RUMBO.

Ese mismo día entre en una tienda y vi a una mujer alta y atractiva que estaba mirando unos suéteres. Resultó ser africana y muy amable. Empezamos a charlar en somalí. Se llamaba Halwu. - ¿Dónde vives Waris? ¿A que te dedicas? - me preguntó.

- Vas a pensar que estoy loca, pero me quedé sin casa porque mi familia regresó a Somalia hoy. Mi tío era el embajador, y ahora van a enviar un sustituto. Así que, en estos momentos, no se a donde ir.

Halwu hizo un ademan para hacerme callar, como si con eso pudiera ahuyentar mis problemas. - tengo un cuarto en la asociación cristiana de jóvenes. Si quieres, puedes pasar la noche allí. Halwu y yo nos hicimos buenas amigas. A los pocos días también alquilé un cuarto en la asociación y me dispuse a buscar empleo. - ¿Por qué no preguntas primero aquí mismo? - me propuso Halwu, señalando un restaurante. - Ni pensarlo - respondí. No se inglés, y además, no tengo permiso para trabajar.

Sin embargo, Halwu se daba maña con esas cosas y pronto estaba yo trabajando allí, en la cocina. Tenía que lavar platos, limpiar mostradores y fregar parrillas y pisos. Volvía a casa oliendo a grasa pero no me quejaba, porque al menos me estaba ganando el sustento. Me sentía agradecida por tener empleo. Empecé a asistir a clases gratuitas de conversación, lectura y escritura en inglés. Por primera vez en años hacia algo que no fuera trabajar. En ocasiones Halwu me llevaba a clubes nocturnos. Sobreponiéndome a mi rígida educación africana, trataba de hacer migas con todo el mundo, fueran hombres, mujeres, blancos o negros. Tenía que aprender a sobrevivir en mi nuevo mundo. Mi vida transcurría sin dificultades, pero estaba a punto de tomar un sesgo drástico e inesperado. Una tarde, al volver a casa, saqué la tarjeta del fotógrafo (que había metido en mi pasaporte) y fui al cuarto de Halwu. Se la mostré, le conté la historia y le dije que nunca supe que quería aquél hombre. - ¿Y porque no telefoneas y se lo preguntas? - repuso.

- Habla tú con él. Aún no domino en inglés. Mi amiga llamó y al otro día fui al estudio de Mike Goss. No sabía que iba a encontrar allí, pero cuando abrí la puerta penetré en otro mundo. El vestíbulo estaba tapizado de carteles con fotos de mujeres hermosas. - ¡Vaya! - exclamé.

Lo supe en el acto: ésa era la oportunidad que buscaba. Entonces apareció Mike y confesó que había querido fotografiarme desde el primer día que me vio. Me quede mirándolo boquiabierta. - ¿Es eso? ¿Una foto como estas? - dije señalando los carteles.

- Sí - contestó -. No he visto un perfil más bello que el tuyo. Volví al estudio dos días después. La maquilladora me hizo sentar, y puso manos a la obra: tomó cepillos, algodones y esponjas y me aplicó en el rostro toda clase de cosméticos. Cuando terminó dio un paso atrás y muy sonriente me dijo: - Ahora mírate en el espejo. Lo hice. Mi cara se había transformado: la tenía dorada, tersa, iluminada por el maquillaje. - ¡Que bien me veo!

La mujer me llevo a donde estaba Mike, que me hizo sentar en un banquillo. Me puse a observar aquellos objetos que nunca había visto: la cámara, las lámparas y los cables, que colgaban como serpientes. - Mira muy bien - dijo él -. Junta los labios y mira al frente. Alza la barbilla. Perfecto. ¡Que belleza! Oí un clic y luego un ruido fuerte que me hizo saltar. El intenso destello de las lámparas me iluminó durante una fracción de segundo. Sentí que era otra persona. Mike sacó un trozo de papel de la cámara y me dijo que me le acercara. Quitó la cubierta de papel y ante mis ojos fue apareciendo una imagen como por arte de magia. Cuando examiné la fotografía apenas pude reconocerme. Era una mujer hermosa, como la de las mujeres del vestíbulo. Me había transformado. Ya no era Waris la sirvienta, sino Waris la modelo.

 

VIEJAS HERIDAS.

Poco después, una representante de una agencia de modelos que había visto la foto me envió una prueba para conseguir empleo. Yo no sabia que iba a hacer, pero la mujer medio dinero para tomar un taxi y fui a la dirección que me proporcionó. El lugar estaba atestado de mujeres profesionales que caminaban como leonas al acecho. Me acerqué a una de ellas y le pregunté: - ¿De que se trata? - Es para un calendario de Pirelli. - ¡Ah valla! - dije, haciendo como que entendía -. Gracias. ¿qué diablos es eso, pensé. El fotógrafo, Terence Donovan, me ofreció té y me mostró su trabajo: un calendario que tenía sobre una mesa. En cada página había una mujer despampanante. - Este es el calendario del año pasado - me dijo -. Este año va a ser distinto: solo mujeres africanas. Luego me explicó los detalles. Me sentí más confiada, y a partir de ese día me convertí en modelo profesional. Al final eligieron una foto mía para la portada del calendario. Mi carrera como modelo fue en rápido asenso. Trabajé en Paris, Milan y Nueva York, donde me fue de maravilla y empece a ganar más dinero que nunca. Hice una serie de comerciales para una joyería, ataviada con túnicas blancas. Aparecí también en anuncios de cosméticos para Revlon y más tarde promocioné un perfume nuevo. Después hice otro comercial con Cindy Crawford, Claudia Schiffer y Lauren Hutton. El trabajo seguía lloviéndome, y al poco tiempo mi imagen figuraba ya en las grandes revistas de modas: Elle, Glamour y las ediciones italiana, británica y estadounidense de Vouge. Pese a los éxitos de mi nueva vida, conservaba heridas de la anterior. El orificio que la gitana me había dejado hacia que tardara unos 10 minutos en orinar. También la menstruación era un tormento. Cada mes quedaba incapacitada durante varios días; me iba a la cama y esperaba a que pasara el terrible dolor. El problema alcanzó situaciones críticas cuando vivía en la casa de mis tíos Mohamed y Maruim. Cierta mañana, mientras llevaba una bandeja de la cocina al comedor, sufrí un desmayo repentino y deje caer los platos. Cuando recobré el sentido mi tía me dijo: - Tenemos que llevarte al medico. Iremos con el mío, te haré una cita para esta tarde. No le revele al medico que me había mutilado. Como no me examinó, no descubrió mi secreto.- No puedo prescribirle mas que píldoras anticonceptivas - dijo -. Con eso se le quitará el dolor.

Comencé a tomar las píldoras pero me produjeron efectos que me parecieron extraños y antinaturales. Decidí que era preferible lidiar con el dolor, así que deje de tomar los fármacos. Los síntomas reaparecieron con más intensidad. Más tarde fui a ver a otros medicas, pero todos querían recetarme lo mismo. Entonces me di cuenta de que tenia que buscar otra opción. - Tal vez debería ver a un especialista - le dije a mi tía. Ella me fulminó con la mirada. - No - repuso en tono tajante. Por cierto, ¿qué les has contado a esos hombres? - Nada, solo que ya no quiero sufrir, eso es todo. El mensaje implícito en sus palabras era que la infibulación era una tradición venerable y no tenía que discutirlo con los blancos. Con todo, empece a comprender que eso era precisamente lo que debía hacer sino quería seguir padeciendo y volviéndome una invalida diez días de cada mes. Cuando fui al consultorio del doctor Michael Macrae, le dije: - Hay algo que no le he contado. Soy de Somalia y... Ni siquiera me dejo terminar. - Vaya a cambiarse. Quiero examinarla. - Al ver que ponía cara de terror agregó-: No se preocupe. Nada malo le va a pasar. Llamo a la enfermera para que me indicara donde podía desvestirme y ponerme una bata. Luego le pregunto si había alguien en el hospital que hablara somalí. La enfermera volvió con un hombre. ¡Solo esto me faltaba!, me dije. ¡Un hombre como traductor para discutir estas cosas! ¡Vaya suerte la mía! - Expliquele que el orificio que le dejaron para orinar es demasiado pequeño - Le dijo el doctor Macrae el desconocido, que era somali como yo -. Ni siquiera entiendo como ha podido sobrevivir. Es preciso operarla lo antes posible. Noté que el hombre se sentía incomodo. Se volvió a ver al medico con recelo y luego me dijo: - Si de veras lo desea, la pueden operar. Pero, ¿esta consiente de que eso atentaría contra su cultura? ¿Su familia esta enterada de esto? - No. - Si yo estuviera en su lugar lo discutiría antes con ellos. Asentí con la cabeza. Era la respuesta que cabía esperar de un típico varón africano. Aplace mas de un año la decisión de someterme a cirugía. Antes tuve que resolver ciertos problemas prácticos, así como las dudas de ultima hora que me asaltaron, pero el doctor Macrae hizo un buen trabajo y siempre le estaré agradecida. - usted no es la única - me dijo -. Aquí vienen muchas mujeres aquejadas de lo mismo todo el tiempo: mujeres de Sudan, Egipto y Somalia. Algunas llegan embarazadas y muertas de miedo. Vienen sin permiso del marido y yo las opero. Al cabo de tres semanas pude por fin sentarme en el escusado y orinar normalmente. Fue una sensación de alivio indescriptible.

 

RETORNO A SOMALIA.

En 1995, la cadena BBC me propuso hacer un documental sobre mi vida como modelo. Le dije al director, Gerry Pomeroy, que aceptaría si me llevaba a Somalia y me ayudaba a encontrar a mi madre. Aceptó gustoso. El personal de la BBC empezó las pesquisas sin demora. Examinamos unos mapas y yo trate demostrarles las zonas por donde solían viajar mis parientes. Luego enumere los nombres de las tribus y los clanes a los que pertenecía la familia. El desierto se volvió un hervidero de mujeres que afirmaban ser mi madre, pero ninguna lo era. Entonces Gerry tuvo una idea. - Necesitamos un secreto que solo tu mama conozca - me dijo. - ¿Algún secreto? - repetí -. Espera... ella me llamaba Avdohol. - ¿Crees que lo recuerde?

- ¡Claro que si! A partir de ese instante Avdohol fue la contraseña. Durante las entrevistas con el personal de la BBC, las mujeres sorteaban el primer par de preguntas, pero no respondían la del nombre de cariño. Finalmente recibí un telefonema: - Creemos haber dado con ella. Esta mujer no recuerda el sobrenombre, pero dice que una hija suya se llamaba Waris y que trabajaba en casa del embajador en Londres. A los pocos días volamos a Addis Abeba, capital de Etiopía, y alquilamos una avioneta para ir a Galadi, pueblo situado en la frontera con Somalia, donde había coterráneos míos refugiados. Al percibir el olor del aire caliente y la arena, recordé de golpe mi infancia perdida. Todos los detalles acudieron a mi mente y entonces eche a correr. Toque el suelo e hice pasar la tierra entre mis dedos. Toqué los arboles: estaban secos y polvorientos, pero yo sabía que faltaba poco para que empezaran las lluvias y todo floreciera otra vez. La mujer resulto no ser mi madre. Recorrimos todo el pueblo y preguntamos a la gente si sabían algo sobre mi familia. En eso, un anciano se acercó y me dijo: - Me llamo Ismaíl. Soy un buen amigo de tu padre. - Al decir esto lo reconocí aunque no lo había visto desde que era ni -ña -. Creo saber donde esta tu familia. Quizá pueda encontrar a tu madre, pero necesito dinero para comprar gasolina. El personal de la BBC accedió a darle un poco de dinero. El viejo subió a su camioneta y arranco de inmediato, levantando una nube de polvo. Pasaron tres días y ni rastro de mamá. Gerry se estaba impacientando cada vez más. - Estoy segura de que veré a mi madre aquí, mañana a las seis de la tarde - le dije. No se porque tuve esa certeza. Fue una mera corazonada. Al día siguiente vi acercarse a Gerry cuando faltaban unos diez minutos para las seis. - ¡No lo vas a creer! El anciano ha vuelto con una mujer. Dice que es tu madre. Mas allá vi la camioneta de Ismaíl, de la cual estaba bajando una mujer. No alcanzaba a verle la cara, pero por la forma en que se cubría la cabeza supe enseguida que era mi madre y corrí hacia ella. - ¡Mamá! Al principio hablábamos solo de minucias, pero la alegría de volver a verla cerró el abismo que nos separaba. Mi padre había ido a buscar agua cuando Ismaíl se presentó su casa. Mamá me dijo que se estaba haciendo viejo. Aún salía a perseguir las lluvias, pero necesitaba gafas urgentemente. También había venido mi hermano menor, Alí. Lo abracé con todas mis fuerzas. - Sueltame ya - exclamó luego de unos largos segundos -. No soy un niño. Me voy a casar. - ¿Te vas a casar? ¿Cuántos años tienes? - No se. Los suficientes para tener mujer.

Llegada la noche, mamá durmio en la choza de una de las familias de Galadi que nos había dado alojamiento. Yo dormí fuera con Alí como en los viejos tiempos. Al estar acostada allí, en la oscuridad, sentí mucha paz y alegría. Alí quiso saber mi opinión acerca de lo que era vivir lejos. - Pues no lo sé todo - repuse -, pero he visto y aprendido muchas cosas que no conocía cuando vivía en el desierto. No sabían si creerme o no, pero había un tema del que estaban seguros que no podría mentir. Fue mi madre quien lo sacó a colación: - ¿por qué no te has casado? - Mamá, ¿tengo que tener marido? ¿no quieres que tu hija destaque y sea fuerte e independiente? - Sí, pero también quiero nietos.

Gerry filmó varias escenas de mi madre y yo juntas, pero a mamá no le hizo ninguna gracia. "Quítenme eso de la cara", le decía. El camarógrafo nos pregunto de que nos reíamos. - es que todo esto es tan absurdo - contesté. Al otro día, antes de que llegara la avioneta a recogernos, le pregunte a mamá si quería ir a vivir conmigo a Inglaterra o Estados Unidos. - ¿Y que voy a hacer yo allí? - Nada. No tendrías que hacer nada. Ya has trabajado mucho y ya es hora de que descanses. - No. Tu padre esta envejeciendo y me necesita. Además, no me gusta estar sin hacer nada. Si quieres ayudarme, consígueme una casa en Somalia a donde pueda ir cuando este cansada. Éste es mi hogar, el único que conozco. Le di un fuerte abrazo. - te quiero mucho, mamá. Volveré por ti, que no se te olvide.

 

MI MISIÓN.

Para entonces ya era bien reconocida en mi profesión. Salía en comerciales y videos musicales y trabajaba con los mejores fotógrafos del negocio de la moda. Era como estar en el paraíso. Le había dicho a mamá que aún no encontraba el hombre apropiado para mí, pero una noche, en el otoño de 1995, lo encontré en un club nocturno en Nueva York, donde se tocaba jazz. Era un baterista tímido que llevaba un peinado afro de los años setenta. Se llamaba Dana Murray, y, desde el primer momento supe que iba a enamorarme de él. La noche siguiente, en la cena, le dije sonriendo que algún día el y yo tendríamos un hijo. Por primera vez en mi vida deseaba a un hombre. Pronto nos dimos cuenta de que estabamos enamorados y queríamos pasar juntos el resto de nuestras vidas. Mi predicción se hizo realidad con el nacimiento de nuestro hijo, el 13 de junio de 1997. Era un bebe hermoso de sedoso pelo negro y pies y dedos largos. Lo llamamos Aleeke. Con su boquita, sus mejillas abultadas y el halo de rizos que tiene por pelo parece un querubín negro. Desde el día en que nació mi vida es otra. La alegría que me da es inmensa. La vida - el don de la vida - es lo único que importa, y eso es lo que dar a luz me hizo recordar. Luego de completar mi ciclo de vida como mujer - que empezó en forma prematura al ser infibulada a los cinco años de edad y culminó con el nacimiento de mi hijo, cuando tenia yo unos 30 años -, sentí aún más respeto por mi madre. Entendí que las mujeres de Somalia tienen una fortaleza increíble.

Pense en la hija del desierto que tiene que andar kilómetros a fin de encontrar agua para sus cabras, aun cuando por el intenso dolor de la menstruación apenas pueda sostenerse en pie. Pense en la mujer que, con nueve meses de embarazo, debe salir a buscar comida para sus otros hijos. Pense en la esposa, a la que volverían a coser con aguja e hilo en cuanto de a luz a fin de que tenga siempre la vagina apretada para su marido. Y pense también en la recién casada, que debe andar con los genitales cosidos aunque este a punto de parir.

Con el paso del tiempo y conforme fui aprendiendo mas, aumento mi conciencia de que, por culpa de un rito cruel, muchas mujeres en Africa tienen que vivir con dolor. Alguien debía alzar la voz en defensa de la niña que no puede hacerlo, y puesto que yo empece siendo nómada como muchas de ellas, pensé que mi destino era ayudarlas.

Hace un tiempo, Laura Ziv, colaboradora de la revista de modas Marie Claire, me pidió una entrevista. Cuando nos reunimos, de inmediato sentí simpatía por ella. - No se que quiere saber de mi para su reportaje - le dije -, pero hablar de la vida de una modelo es un tema muy trillado. Si me promete que lo va a publicar, le contaré algo realmente importante. Laura dijo que haría todo lo que pudiera y luego encendió su grabadora. Primero le conté como fui mutilada de niña. A la mitad de mi relato, la reportera se hecho a llorar y apagó el aparato. - Es horrible... indignante. Jamás pensé que una atrocidad así aun se cometiera en nuestros días.

- Pues se comete - repuse -, y en Occidente nadie lo sabe. Al día siguiente me sentí aturdida y avergonzada. En delante, todo el mundo sabría mi secreto más intimo. Ni mis amigos mas cercanos sabían lo que me había ocurrido de pequeña, ¡y pronto iban a saberlo millones de desconocidos!

Luego de mucho reflexionar, me di cuenta de que tenia que hablar de la infibulación. En primer lugar, me indigna profundamente. Aparte de los trastornos de salud que aun me causa, nunca conoceré los placeres de la sexualidad. Me siento incompleta, mutilada, y saber que nada puedo hacer para remediarlo me llena de dolor y frustración. Por otro lado, me sentía obligada a denunciar esa costumbre ante el mundo. Tenía que hablar por mí y por los millones de niñas que sufren y llegan a morir por su causa. La reacción que provocó lo que conté fue dramática. La revista recibió un aluvión de cartas. Comencé a dar más entrevistas y conferencias en las escuelas, asociaciones comunitarias y dondequiera que podía dar a conocer el asunto. En 1997, en el Fondo de la Población de la ONU me invitó a unirme a su lucha contra la infibulación, o mutilación genital femenina, como se le conoce hoy en día. La OMS ha reunido estadísticas aterradoras, las cuales permiten apreciar la gravedad del problema. Cuando vi esas cifras, supe que no era la única víctima. La mutilación genital femenina se practica principalmente en Africa, en 28 países, y se ha sabido de casos ocurridos en Estados Unidos y Europa, donde hay un gran número de inmigrantes africanos. En todo el mundo se ha sometido al rito a 130 millones de mujeres y niñas, y cada año corren riesgo de sufrir esa tortura por lo menos 2 millones de pequeñas (unas 6000 cada día).

La mutilación suele realizarse en condiciones insalubres y la efectúan ancianas provistas de herramientas tales como cuchillos, tijeras e incluso piedras afiladas. No usan anestesia. En Somalia se infibula a cuatro de cada cinco mujeres, y quedan impedidas de por vida para disfrutar de la sexualidad. Cuando pienso en las niñas que sufren lo que yo sufrí se me parte el alma, y la rabia aflora. Con gran orgullo acepté la invitación del Fondo de la Población de la ONU para integrarme a la lucha. Regresaré a Africa a contar mi historia y denunciar este crimen. A mis amigos les preocupa que algún fanático intente matarme, ya que muchos fundamentalistas consideran la mutilación genital femenina como una costumbre sagrada prescrita en el Corán. Pero eso no es verdad: ni el Corán ni la Biblia la mencionan siquiera. Mi mayor deseo es que en el futuro ninguna mujer tenga que sufrir esta terrible experiencia, y ese es el motivo por el que estoy luchando. Desde el día en que me salvó de morir devorada por un león, tuve la certeza de que Dios tenía planes para mí, de que había una buena razón para que yo viviera. Se que me ha encomendado una tarea y esa es mi misión. La lucha será peligrosa y confieso que tengo miedo, pero debo arriesgarme. Es lo que he hecho toda mi vida.

 

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